martes, 9 de diciembre de 2008

Todos nuestros actos tienen consecuencias, lo sabemos de sobra. Nuestras omisiones también. El no hacer; el no decir a tiempo lo que sentimos o lo que queremos tiene consecuencias. Nos gusten o no, vamos a vivir con las consecuencias de nuestras acciones u omisiones por afortunadas o desafortunadas que sean. Cuando las consecuencias son afortunadas las recordamos con alegría u orgullo. Cuando no lo son, no son un recuerdo agradable, por el contrario, tratamos de evitar pensar en ellas por que nos llenan de dolor, de vergüenza, de arrepentimiento. Pero no todos hacemos eso. La verdad es que la mayoría de las personas vivimos tristes por culpa del hubiera. ¿Que hubiera pasado si hubieras dicho lo que sentías? ¿Que hubiera pasado si te hubieras arriesgado a hacer lo que querías cuando querías?... Muchas veces cuando hacemos algo mal decimos, Si no lo hubiera hecho ahora estaría contento!. Qué fáciles somos para lamentarnos de cosas que son pasadas, que si bien no deberían ser pisadas, no hay que imaginarlas de otras maneras. Está bien recordalas para aprender a no cometer los mismos errores, pero, para qué pensar en que hubiera pasado si no lo hubiéramos hecho, si ya lo hicimos? Si algo malo sucedió, sucedió ayer. Hay que aceptarlo ya que no podemos cambiarlo, no podemos buscarle otra salida a la situación que fue realizada de tal forma. En una síntesis, hubiera es suponer haber hecho algo que no se hizo, entonces no hay consecuencias porque no existe el pasado supuesto, por lo tanto el hubiera no existe. El pasado es pasado aceptado, el futuro es incierto y desconocido, no podemos predecirlo porque el mañana no existe al menos en el segundo en que escribo. Debemos vivir en el Ahora, en el hoy, en lo que estamos escribiendo ahora mismo.